Los primeros resultados de la prueba nacional de evaluación Aprender 2016 han sido desalentadores, pero era sabido que algo así podía suceder. Al respecto opinaron para Télam los licenciados en Matemática María del Rosario Enríquez y Fernando D. De Rossi, profesores del Departamento de Matemática de Universidad CAECE.

Los primeros resultados de la prueba nacional de evaluación Aprender 2016 han sido desalentadores, pero era sabido que algo así podía suceder, inmerso en un escenario de conflictividad docente que parece una conversación entre sordos.

Hace algo más de medio siglo, la Argentina se enorgullecía de ser un país sin analfabetismo, era el líder en la región en cuanto a educación. Hoy este panorama ha cambiado. La educación está enferma. ¿Quién es el responsable de que esté enferma? ¿Qué causa la enfermedad y cómo la curamos? La respuesta es que “somos todos”; toda la comunidad educativa es responsable de esta “enfermedad que padece la educación”.

La educación está enferma porque los tiempos en que vivimos y nos movemos son distintos: trabajamos con conceptos y estatutos del siglo XVIII, maestros y profesores del siglo XIX y con alumnos y tecnología del siglo XXI; más cerca que lejos, los alumnos usan la computadora mejor que sus propios maestros.

Ahora, nuestros alumnos tienen muchísima información en su celular y no necesitarán de la computadora para acceder a ella; de hecho, tienen a su disposición mucha más información que la que nosotros (sus maestros) tenemos y podemos trasmitir. Pero es solo eso, información, y con eso no alcanza. Hace falta que les digamos cuál es la que sirve y cuál no, como usarla y para qué.

Se terminaron las clases donde el profesor era el docente y el alumno era el discente, donde el maestro daba la información y el alumno la repetía la procesaba y basta. Los nuevos maestros no solo deben enseñar sino que deben ser capaces de hacer avanzar los procesos cognitivos.

Dentro del área que nos convoca a nosotros, la controvertida matemática y en distintas universidades, tanto públicas como privadas, vemos a diario alumnos que no solo no saben conceptos elementales sino que no pueden leer ni interpretar consignas ni problemas. Desde hace muchos años, la universidad en su conjunto está llamando la atención en este aspecto.

Primero, era que a los alumnos les faltaba vocación para las carreras duras; después fue la desmotivación, la falta de sentido crítico. Luego no sabían conceptos básicos, en especial de matemáticas y lengua. Ahora ya no solo no interpretan sino que “leen sin leer” o “escuchan sin comprender”. Esto se ve agravado en matemática ya que el pensamiento que está asociado a ella se pone de manifiesto en la naturaleza lógica de la misma.

El abandono de las demostraciones formales en los programas de matemática de la escuela secundaria pareciera incluir también el abandono sobre el pensamiento lógico; esto se pone de manifiesto en el uso de fórmulas a modo de recetario dejando de lado la interpretación del problema a resolver, esto coarta la capacidad para seguir un argumento. Se genera, sin lugar a dudas, mayor dificultad en el aprendizaje de la asignatura. El pensamiento lógico resulta necesario para alcanzar ciertas competencias matemáticas.

Parecería que todos están preocupados por la enseñanza de la matemática y sus procesos, pero no se favorece una organización en la escuela que tienda a reducir y minimizar las dificultades en el aprendizaje de la misma. En lugar de esto pareciera que son peldaños de una escalera que no permiten subir, sino bajar cada vez más.

Lo que estamos diciendo – desde hace ya mucho tiempo- fue informado reciente y preliminarmente por Elena Duro, secretaria de evaluación educativa de la Nación. Entre los resultados más dramáticos de Aprender 2016 surge que el 46,4% de los alumnos de 5° y 6° año del secundario no comprende un texto básico, mientras que el 70,2% no resuelve cuentas o problemas matemáticos muy sencillos.

No vamos a decir “Te lo dije” porque no es la solución. Es justamente para eso que estamos acá para dar soluciones, es decir, tratar de curar la enfermedad y no agravarla. Por eso deberíamos preguntarnos: ¿Cómo podemos hacer entre todos para que la educación argentina salga de esta terapia intensiva en la que se encuentra, sin que muera en el intento? En este sentido, dejarla morir sería al precio de nuestra ignorancia y la legitimación de la discriminación educativa. Como docentes de matemática en asignaturas de primer año de distintas carreras de la universidad, tratamos entre otras cosas, de subsanar la falta de interpretación en los enunciados de situaciones problemáticas, creamos hábitos de pensamiento lógico y recurrimos a ciertos procesos de aprendizajes para llenar los vacíos de contenido que creemos que debieron ser adquiridos en otro estadio de la educación.

Notamos que el ritmo universitario en su totalidad, tanto público como privado, ha quedado totalmente desfasado con respecto al de la escuela media; durante las clases se percibe con facilidad qué contenidos básicos del secundario -al ser expuesto nuevamente para generar nuevos contenidos- son tomados por los alumnos como conceptos totalmente nuevos. Pareciera, en estos casos, que los procesos de aprendizaje no se han llevado a cabo.

Ahora bien, la sociedad argentina, y en especial la comunidad educativa, es la que tiene que hacer que esto no ocurra. Como profesores universitarios queremos una educación que legitime una calidad de excelencia que se vea reflejada en todos los niveles educativos, permitiéndole al estudiante secundario una transición gradual evitando saltos al vacío.

 

Ver nota digital click aquí.